Economía, Sociedad e Institucionalidad

Milton Henríquez
Abogado, comunicador, Presidente del Partido Popular (PP) de Panamá

Cuando se permite sacrificar las instituciones democráticas en el altar del crecimiento económico acelerado, y el frenesí del dinero embota los sentidos, se puede creer que el país está en una fiesta interminable, pero no es así. Una y otra vez se ha comprobado que, aun los países que llegan a lograr crecimientos sostenidos de su economía por varios lustros, caen en desaceleraciones y luego parálisis y hasta contracciones si no desarrollan una sociedad y una institucionalidad a la par del modelo económico.

Esto lo plantean muy claramente Alvin y Heidi Toffler en su libro “La Revolución de la Riqueza” en el que dicen: “Actualmente, las naciones de todo el mundo se esfuerzan por construir, a distintas velocidades, economías avanzadas. Lo que todavía no han entendido claramente la mayoría de los líderes empresariales, políticos y cívicos es un hecho muy sencillo: que una economía avanzada necesita una sociedad avanzada, pues cada economía es producto de la sociedad en que se encuentra inserta y depende de sus instituciones básicas. Si un país se las arregla para acelerar su avance económico, pero deja atrás sus instituciones básicas, su potencial para crear riqueza se verá finalmente limitado”.

En este sentido, si no hacemos un compromiso de Estado en el tema de la educación y de la justicia y si no hacemos una reforma política y electoral profunda; y si no hacemos un proceso serio de pacificación social, no contaremos ni con la sociedad, ni con la institucionalidad adecuadas para sostener este crecimiento y mucho menos para transformarlo en desarrollo humano. Las inversiones que necesitamos para mantener el crecimiento una vez terminen las obras del Canal y se deban sustituir los capitales golondrina —que están huyendo de realidades políticas que los asustan allá, pero que también se agitan cuando ven cosas parecidas acá— requieren una fuerza laboral sofisticada, con competitividad global y un robusto Estado de Derecho que dé confianza a inversiones de gran magnitud y de retornos de largo plazo. Ese país no se construye a punta de mazos, ni a punta de salves ni mucho menos con la punta de sables.

Necesitamos actuar con sabiduría a la hora de votar, con prudencia a la hora de gobernar y con responsabilidad a la hora de invertir lo que es de todos. Necesitamos un gobierno decente que gobierne honestamente y que pacifique el proceso político a través de la inclusión, del diálogo y del respeto. Ese Panamá es posible, nos toca a todos hacerlo realidad.

El Siglo, 19 de noviembre de 2013

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